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| Que Atenea nos ampare |
| Blog - Opinión | |||
Una vez más se vuelve a convulsionar la fiesta por motivos de género. De nuevo se enarbolan banderas a favor o en contra de la lucha de sexos. Y una vez más, bajo mi modesto entender, se mezclan las churras con las merinas.No seré yo quien defienda discriminación alguna, ya sea por motivos de sexo, raza o tendencia política. Quien me conoce sabe que no comulgo con ninguno de estos ni otros atropellos que puedan poner en tela de juicio los derechos fundamentales del ser humano. Pero también entiendo que cualquier colectivo es libre en elegir a su gobierno, a sus integrantes y las leyes por las que deben regirse, siempre y cuando éstas no contravengan una de rango superior. De igual manera pienso que hay que defender el derecho a respetar la Historia, a conocerla, divulgarla e incluso a criticarla si así se cree oportuno. Dicho lo dicho, me molesta sobremanera quien se emperra en mancillar el nombre de la fiesta por motivos que entiendo ajenos a ella. En primer lugar admito, aunque no comparto, que existen entidades privadas arcaicas en su funcionamiento, eso todos lo sabemos, y que haya que denunciarlo me parece totalmente coherente, pero si es alegando ciertos conceptos, permítanme, por lo menos, discrepar de ello. Tengo que reconocer que no me gusta el concepto denominado “paridad” me parece una discriminación encubierta en toda regla. Creo y creeré en la igualdad de oportunidades para la personas en relación a sus conocimientos, o capacidades para desarrollar un cometido, y no en razón de su sexo para cuadrar una tabla que diga que tienen que haber cinco mujeres en una directiva, por el simple motivo de que ya hay cinco hombres. Permítanme decirles que esto me parece una soberana sandez. La valía de las personas para desempeñar un cargo no se puede medir por la ropa interior que lleven, si suman diez, son diez personas, me da igual su sexo, sólo debería importar su capacidad, y no cuestionar a la propiedad asociativa en un ejercicio que acabe llevando a lo mismo que se critica. En segundo lugar recordar que la fiesta morocristiana se basa en una recreación histórica, basada en unos hechos más o menos constatados. Podremos estar de acuerdo o no con esto, pero no hagamos de ella una cabalgata de disfraces, un carnaval donde todo valga. No queramos establecer unas nuevas cruzadas basándonos en el derecho actual para vilipendiar la Historia. Si dentro de cien años alguien tiene la terrorífica idea de rememorar la guerra de Iraq, esperemos que no ocurra, entendería que “la legionaria televisiva” y en fila mixta, apareciera junto a la cabra recorriendo nuestras calles, pero hoy en día, en nuestra fiesta, y por respeto a nuestra propia Historia, sigo sin entender la imagen de un mujer, puro en boca, cimitarra en alto, alentando a unas tropas que por Historia no corresponden. No nos empecinemos en vender una imagen retrógrada de la fiesta, no es una cuestión de machismo, es simplemente respeto a nuestra propia historia. Tampoco entendería si en pro de la igualdad y la paridad dichosa, las próximas Cabalgatas de Reyes vemos a la Virgen María atendiendo al nombre de Mario, mientras Josefa se ajusta la barba para representar a San José… Amén, insistiré, de la indiscutible valía de cualquier mujer para ocupar el puesto de responsabilidad que justamente se merezca en el organigrama festivo, o de desfilar con la indumentaria apropiada a su sexo, y no disfrazándose de guerrero cristiano o musulmán, con las histórica salvedad de aquellas mujeres que si empuñaron las armas de forma excepcional, por ejemplo en el Norte de España. Que hayan cosas que cambiar y actualizar estamos todos de acuerdo. La fiesta debe estar en constante evolución, pero siempre desde el consenso, la pluralidad, y acatando la opinión de la mayoría, base fundamental de un estado de derecho. La situación sigue siendo delicada, y por ello casi pienso que sería mejor ampararse en Atenea, y que con su eterna sabiduría ilumine nuestro camino.
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Una vez más se vuelve a convulsionar la fiesta por motivos de género. De nuevo se enarbolan banderas a favor o en contra de la lucha de sexos. Y una vez más, bajo mi modesto entender, se mezclan las churras con las merinas.


